Snow (MakoHaru)
(TERMINADO: 2015) One shot.
Haru se calentó las manos con su aliento, para después frotarlas una contra otra. El viento helado le hacía arder el cuello, lo que le hacía recordar dolorosamente el no haber traído una bufanda. El invierno había caído demasiado rápido para su opinión personal, el invierno, la época que más odiaba.
Se encontraba apoyado sobre un puente de piedra tallada, con inscripciones y pequeñas figuras de sirenas y animales acuáticos inmortalizados en la piedra. Debajo de él, una pequeña acequia ahora congelada. A unas cuantas esquinas, se encontraba un centro comercial. Todo su alrededor estaba iluminado, con un aura azul blancuzco propio del invierno. La gente iba y venía, bien abrigada, haciendo que el morocho se maldijera a sí mismo por sólo haber salido con una campera azul marino y una camiseta térmica debajo. “Dentro de casa no hacía nada de frío. Esto me pasa por no mirar los pronósticos.”
Mientras la nieve caía delicadamente del cielo, moviéndose con las débiles y congeladas corrientes de aire, para luego acabar sobre el abrigo de Haru, éste pudo divisar como una figura se acercaba a toda prisa por el puente. Una campera verde, y el cabello castaño claro despeinado y en movimiento por el trote: Makoto Tachibana.
–¡Haru! –el mayor estaba agitado, sonriéndole, pero tosiendo al mismo tiempo. El aire helado le congelaba los pulmones por inhalar tan rápido, seguramente –Siento haberme tardado en llegar.
–No importa –seguro tenía alguna razón, sus hermanos, por ejemplo. Aquellos niños de verdad estaban encariñados con él. Makoto recuperó el aire por unos segundos, con grandes nubes de vapor blanco saliendo por su boca. Finalmente, se acomodó el camperón verde, y se acercó a su acompañante, mirándole de frente.
–Hola, Haru –tomó una de sus manos y la acercó suavemente a sus labios, depositando un suave beso en sus nudillos –Estás helado –Haru sentía como un leve rubor le subía por las mejillas. Maldición, no podía con aquellas cosas tiernas que el otro solía hacer.
–No sabía que hacía tanto frío cuando salí de mi casa.
–¿Acaso no miraste los pronósticos? Habían anunciado la disminución de temperatura durante toda la tarde, pensé que me cancelarías porque odias el frío, pero ingenuamente pensé que era porque tenías muchas ganas de verme –la risa masculina de Makoto hacía que algo dentro del morocho se estremeciera. Le gustaba mucho aquel sonido. Claro que tenía ganas de verle, por supuesto, cómo no.
Hacía un escaso mes que ambos comenzaron a salir juntos, oficialmente. En el club lo sabían, incluso. Pero el contacto entre ellos seguía siendo casi el mismo, salvo por algunos pequeños gestos o miradas. Entre ellos estaba el tomarse de las manos, algo a lo que Haru no estaba del todo acostumbrado. No se quejaba de ello, no: era una sensación bonita, suave, reconfortante. Y más en aquel momento, cuando hacía tanto frío y la mano de Makoto estaba tan cálida, no quería soltarlo más.
Cuando llegaron dentro del centro comercial, Haruka sentía que era un milagro, y que el camino hasta allí había sido eterno. La calefacción estaba a todo lo que daba, y eso le hacía mejorarse del congelamiento antes sufrido durante la espera en el puente. Mientras Makoto se quitaba su abrigo, quedando con una camisa color beige, el morocho se acercó a un puesto donde se vendían pretzels. Sin preguntar siquiera a su acompañante, simplemente se acercó de vuelta a él y le entregó aquel bizcocho, envuelto en una servilleta blanca.
La razón de aquel “apuro”, era que Haru no había probado bocado desde el mediodía, y eran alrededor de las ocho de la noche. Era algo lógico el que su estómago rugiera salvajemente.
–Gracias –el castaño le sonrió, complacido por aquella atención, que Haru le había dado casi sin darse cuenta.
Caminaron juntos mientras cada uno comía su pretzel. El lugar era interminable, con un techo alto, y paredes con interminables vidrieras. De todo había ahí, desde puestos y restaurantes de comidas, hasta tiendas de manualidades, ropas, etc. Aquel centro comercial estaba pensado para que las familias pudiesen hacer todas las compras en un solo lugar, más completo que un supermercado, mucho más amplio y agradable, hasta apto para pasar el rato. La música de ambiente que salía por los pequeños parlantes blancos de las paredes era sólo instrumental, lo cual hacía todo aún más relajado. Los pisos impecables de baldosas blancas reflejaban a ambos jóvenes.
Cuando hubo terminado, el de ojos azules acercó su mano a la de su acompañante, tomándola con suavidad. Aquel gesto (y cualquiera, ya que Haru era de lo más inexpresivo) sorprendió sobremanera a Makoto, que se dejó hacer, ruborizándose levemente. Se sentía feliz. Se sentía feliz de poder estar así con Haruka.
Pero él se daba cuenta de las miradas. No pasaban totalmente desapercibidos, como las parejas “normales”: a ellos siempre los estaban mirando. Todas las veces que habían salido juntos, y se daban una muestra de cariño, por más mínima que sea, atraían las miradas de los que pasaban por ahí. Incluso ahí, mientras caminaban tranquilamente de la mano, mujeres y hombres se detenían a verlos, como si algo en ellos estuviera mal. A veces las miradas eran de curiosidad, y otras de rechazo; porque Makoto podía entender las miradas. Se había pasado toda la vida descifrando lo que pensaba su mejor amigo con sólo mirarlo a los ojos. Pero lo que más le importaba era Haru.
Le preocupaba que él se comenzara a sentir incómodo por la atención que llamaban, y que termine por causarle rechazo estar juntos también. Tenía mucho miedo de que eso ocurriera. Por eso, hacía todo lo posible por hacerlo sentir cómodo, por que sienta que lo amaba de verdad, no sólo por capricho por algo así. Que valía la pena estar juntos. Lo que sentía Makoto era real, totalmente real, y no quería que nadie arruine los preciosos momentos que podía pasar con la persona que más quería en todo el mundo.
–¿No te preguntas por qué te invité aquí?
–No –contestó Haru, totalmente sincero. No le importaba, sólo había ido porque quería estar con él. Incluso si eso suponía morir de frío.
–Ya veo –rió –, entonces será aún más sorpresa de lo que pensé.
Haruka fue guiado a una cafetería muy agradable, y pequeña, para ser realistas. La paredes por dentro eran rosa pálido, y bonitos cuadros colgaban de estas. Lo primero que veías al entrar, era una gran vidriera repleta de pasteles y postres, decorados todos de distintas maneras. Ambos se sentaron en un sitio esquinero, con un sofá en forma de L. Olía delicioso, el estómago comenzaba a rugirle de nuevo cuando les fue entregado el menú, que contenía fotos adjuntas de cada comida. Un lugar por el que realmente se habían esforzado, seguramente.
Comenzaron a hablar sobre nada, sobre nadar, sobre la caballa, nada. Hasta que a ambos les fue entregado lo que pidieron: Dos chocolates calientes, con muchos pasteles, que Makoto había pedido especialmente para él. Apenas fueron dejados, comenzó a comerlos, bastante rápidamente. Aunque no hubiese dicho nada, también tenía muchísima hambre, al parecer.
Haru bebió lentamente el chocolate, mirando como su novio arrasaba con los pasteles rápidamente. Le causaba gracia verlo comportarse como un niño de vez en cuando, y escondía la sonrisa que esto le provocaba con la taza. Los ojos de Makoto siempre eran tan pacíficos, tan tranquilos… estar con él era diferente a estar con cualquier otra persona. La calma que sentía, la paz interna, era incomparable.
–¿No quieres un poco, Haru? –preguntó, con la boca llena, ofreciéndole una porción de pastel de chocolate. Haru se negó, pues para él la medida de dulce suficiente era una simple dona que había podido rescatar del ataque de Mako Monster, en un segundo en el que no la tenía a su vista. Algo de crema se escapaba por la comisura derecha del castaño.
–Tienes algo –se señaló el lugar a sí mismo, llamándole la atención.
–¿Qué? –en realidad, todo alrededor de su boca estaba sucia.
–Aquí –Haruka pasó los dedos por sus labios, limpiándolo, para después limpiarse también con una servilleta. Los ojos de Makoto lo miraban, estupefactos.
Demasiadas expresiones para Nanase en un día, esto era imposible.
Las mejillas de Makoto rápidamente se tiñeron de rojo, haciéndolo bajar la vista con disimulo, mientras terminaba de comer el pastel de chocolate. Realmente, el morocho no se daba cuenta del efecto que tenía en el pobre.
–Bien, traje algo para ti –una vez hubo terminado, revolvió por unos segundos en el bolsillo de su abrigo. De él, sacó una pequeña bolsita azul –. Pensé que sería más especial dártelo aquí que en el entrenamiento –rió.
Haru tomó la bolsita entre sus manos, bastante pequeña, curioso de lo que habría dentro. Tiró de un pequeño hilo dorado, y la boca de la bolsita se abrió. Dentro de ella, pudo encontrar dos collares de plata, uno con un colgante en forma de delfín, y otro en forma de orca. Los miró por un segundo, admirando lo brillantes que eran y lo delicado de su forma. ¿De dónde diablos podría haber sacado eso?
–Me costó mucho encontrarlos, pero al ver tu mirada… valió la pena –rió de nuevo, mirando el rostro ligeramente sonrojado de su acompañante –. Sé lo mucho que te gustan los delfines.
–Sí… –dejó colgar el collar de orca, mirándolo –pero no tenías que gastar dinero en esto.
–¿No te gustan?
–Sí, pero… -metió ambos en la bolsa de nuevo, dejándolos en la mesa –¿por qué?
–Quería darte algo –sonrió. Así de simple, era como solía ser Makoto. O eso parecía, hacía que Haru lo viera todo fácil. El castaño se puso el collar de orca al cuello –¿te pongo el tuyo?
–Lo haré yo –colocó el collar, atándolo con dificultad detrás de su cuello, sólo por ver la sonrisa complacida de su novio.
Salieron en medio de la leve nevada de la noche, congelándoles la piel. Ambos caminaban lento por las calles ya casi despobladas, por el enorme frío que hacía y las horas que eran. Se les había ido tan rápido el tiempo en la cafetería, hablando de cualquier cosa y mirándose como estúpidos, que ya era media noche. Y hacía un frío de morirse para mala suerte de Haruka, que sentía como el cuello se que estaba haciendo azul, al igual que sus piernas, congelándose a través de los finos jeans. Quería irse a casa a dormir y no despertar en diez días. Makoto rodeó a su acompañante con un brazo, apretándolo contra sí, mientras caminaban a su casa. Sentía lo congelado que estaba bajo la ropa.
–¡Maricas! –alguien en bicicleta gritó mientras pasaba por su lado, cerca de la costa. Makoto se tensó, poniéndose nervioso.
Odiaba eso, sentirse inseguro. Sabía que amaba a Haru, pero esas personas lo hacían sentirse mal, mal muy en lo profundo de su corazón. Porque siempre había sido así, siempre había querido a su mejor amigo de una manera diferente. Cuando escuchaba esas cosas, sentía que lo insultaban en todos los sentidos, y aún peor: que insultaban a su novio.
Sabía que tenía que ignorar eso, pero se le hacía difícil sabiendo que Haru era un persona también, aunque no lo demostrara: se sentía triste, herido, sentía todo. E incluso tal vez, de una forma más profunda que los demás. Ya lo había visto lastimado con la partida de Rin, lastimado por mucho tiempo… y no quería lastimarlo él. No quería que su relación lo avergonzara, o que lo que les dijeran los lastimara.
Sentía el cuerpo de Haru frío aún. Se había callado, no habían hablado desde que esa persona pasó. Lo sentía lejos. Maldición. Ahora tenía miedo, como siempre. Siempre el estúpido Tachibana, temiéndole a todo, perdiendo las cosas que quería por ser un cobarde de mierda. Eso era lo que pensaba Makoto, mientras se acercaban al recibidor de la casa de Haru.
–¿Te sucede algo, Makoto? –las palabras del menor lo sacaron de sus pensamientos. Se sacudió el cabello, mirándolo a los ojos, volviendo en sí –Makoto.
–No, nada. Es sólo que…
–¿Qué?
Una pequeña presión en su pecho comenzó a alterarlo. Lo mismo que cuando se le declaró, pero más doloroso. ¿Siempre decir lo que pensaba y sentía iba a ser tan difícil?
–¿No te molestó lo que dijeron?
–¿Qué dijeron? –Haru se frotaba las manos, mirándolo sin comprender. El castaño tomó aire, algo extrañado de que no lo hubiera notado.
–Nos insultaron, Haru. No es… la primera vez que pasa, y sé que lo sabes. Y también sabes como nos miran, siempre.
–Lo sé.
–¿Y entonces? No es como si dijeran algo bueno. No quiero que esto te lastime. No quiero que pienses que esto está mal, porque yo no lo pienso –bajó la vista, dejando nubes de vapor –…yo te amo.
Pasaron unos segundos, y él seguía con la mirada al suelo. Tal vez Haru lo estaba pensando. No sabía que hacer.
Hasta que escuchó la dulce e inusual risa de su novio.
–Pues lo mismo va para ti –se acercó más a él, haciendo que lo mire –Te amo, Makoto. Nada va a cambiar lo que sentí por tanto tiempo.
Haru unió sus labios con los de Makoto, en un cálido beso. Un beso, que ambos sintieron como abrigaba su interior. Uno de ellos, por frío que sentía de verdad, y el otro, por sentí como su miedo se iba.
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