Now and Forever (JongKey)
(TERMINADO: 2016) One shot.
-¡Jonghyun, no me sueltes!
-No voy a hacerlo.
-¡De verdad lo digo! –chilló, agarrándose con más fuerza del manubrio. Podía ver sus nudillos blancos. – No te atrevas a quitar tus manos.
-¡Te digo que no voy a hacerlo Kibum!
El sol brillaba, y Kibum estaba sobre la bicicleta rosa de mi hermana. Estábamos cerca de las afuera de la ciudad, donde nadie nos buscara. Esto tenía una razón.
Kibum tenía entonces trece años, y yo quince. Recuerdo que en ese momento, ambos vivíamos a un par de calles de distancia del otro, a menudo nos veíamos cuando nuestras madres nos mandaban a hacer las compras. Pero nada más, yo no salía a jugar a la calle. Kibum sí. Solía mirarlo desde la terraza de mi casa, mientras escuchaba música. Era un niño algo pequeño para su edad, sus mejillas regordetas y pequeños ojos adorables. Aunque en ese momento, ni en mis sueños hubiera elegido ese adjetivo para describir a un chico. A aquella edad, apenas estaba intentando que alguien me gustara.
Una mañana, puedo recordar que yo seguía en pijama, cuando mi madre me llamó. Dijo que había un amigo mío en la puerta, y yo me extrañé demasiado, puesto que... yo no tenía casi amigos. Y ahí fue cuando lo vi, ojos húmedos, manos pálidas raspadas y su labio inferior temblando penosamente. Mi vecino, Kim Kibum, arrastraba consigo una apariencia devastada. Y aún así, me sentí avergonzado cuando me vio en pijama, sentía mis mejillas arder. Era la primera vez que ese sentimiento vino a mí.
Mi historia con él siempre estuvo repleta de primeras veces.
-¿Tú crees que aprenderé para hoy? –murmuró, mientras acomodaba sus pies sobre los pedales. Me estiré y lo miré.
-Yo me tardé bastante, de hecho. Pero quién sabe, tal vez si lo intentamos mucho puedas terminar con esto hoy.
Mis palabras dibujaron una sonrisa tímida en sus labios.
-¡Entonces sigamos! –exclamó.
Unos niños mayores se habían burlado de Kibum porque él aún no había aprendido a andar en bicicleta, y menos tenía una. Lo habían golpeado, cayó en el pavimento de la calle y sus manos se habían lastimado. Me contó que corrió lo más rápido que pudo, lejos, y entonces se le ocurrió que yo podría enseñarle. Pensó que por ser mayor, sabría, y estaba en lo correcto.
No pude negarme, y ahí estaba yo por alguna razón del destino, ayudándolo a aprender para que los demás no se burlaran de él a pesar de conocerlo de casi nada, básicamente espiándolo. Qué vergüenza.
Lo único que nos había representado un obstáculo, fue el hecho de que yo no tenía una bicicleta propia. Por lo que tuvimos que usar la de mi hermana, una rosa que le quedaba bastante alta a Kibum. Pero él insistió en que de todas maneras, aprendería con ella. Me sorprendió cuando dijo que el rosa era su color favorito.
-¡No me sueltes! –dijo, por casi onceava vez, tambaleándose. Me reí, sin poder evitarlo. –No te rías, ¡me da miedo!
-Te digo que no te soltaré. –respondí, ahogando la risa. –Perdón, es que eres muy gracioso.
-Cállate. –soltó, estirando sus labios en un gracioso puchero, digno del niño pequeño que ya no era.
-Tu madre debe consentirte demasiado. –dije, aún sonriendo. Él bufó y apretó el manubrio, como me di cuenta que hacía cuando se molestaba.
-La tuya también. –dijo Kibum, después de unos segundos. –Ella parecía muy sorprendida de que alguien te buscara, casi como si no tuvieras amigos.
Miré su nuca, al no ver su rostro. Apreté el agarre sobre el borde del asiento, copiándole la actitud. Era algo complicado para mí hablar sobre mis problemas sociales, sobre lo malo que era para hacer amigos.
-Tengo un amigo. –murmuré. Él apenas se giró para verme, apoyando los pies sobre el suelo.
-¿Ah, sí? ¿Cómo se llama?
-Taemin. –era todo verdad, sólo que Tae era... aún más menor que Kibum. Era hijo de una amiga de mamá, una vez me habían pagado para cuidarlo y desde entonces nos habíamos hecho muy amigos, puesto que él no parecía de su edad. Pero Kibum no tenía que saber nada de eso.
-Hm. –asintió, conforme, volviendo a intentar pedalear.
Estuvimos casi toda la tarde allí. Empezábamos una y otra vez, nos sentábamos en el suelo a descansar y volvíamos a intentar. Nunca lo solté, ni una sola vez. Él siempre chillaba y se asustaba cuando estaba a punto de lograrlo. Me daba risa y ternura a la vez.
Esa tarde, hace más de diez años, comencé a enamorarme de él sin saberlo.
Cada vez sus gritos me molestaban menos, cada vez me gustaba más cuando sus manos me rozaban por accidente, me gustaba hasta que me regañe por reírme de él. Sus pequeños ojos llenos de vida, ese día caí en cuenta de lo mucho que me gustaban. Y de que iba espiarlo por mi balcón por mucho, mucho tiempo más.
-¡Mírame, mírame Jjong! –gritó, preso de una enorme emoción cuando finalmente logró andar solo. Su sonrisa era hermosa. -¡Por fin lo hice!
-¡Genial, vas genial! –dije, trotando a su lado. Su mirada alternaba entre mí y el camino, casi sin creérselo. -¡Eres el mejor, Bum!
*.*
Faltaban casi dos semanas para que las vacaciones de verano terminasen, y todos estábamos con demasiada flojera para querer ir a por nuestros uniformes y libros nuevamente. Ese año sería el último para mí, luego de eso vendría el horror de la universidad. Horror, porque yo realmente no tenía nada pensado para mi futuro. Sólo sabía que me gustaba tocar la guitarra.
Y también, me gustaba estar con Kibum. De hecho, ¡desde siempre me había gustado estar con él!
Él sí que tenía pensado qué estudiar, diseño y confección. Aún le faltaban dos años y ya tenía planeado todo, hasta en qué edificio de departamento iba a vivir, en qué universidad iba a estudiar. Él siempre fue así, le gustaba tenerlo todo planeado. Algo diferente a mí que hacía todo sobre la marcha, y siempre era regañado por eso.
Kibum, o Key, como empecé a llamarlo, era la persona más importante para mí en mi vida. Y aún así, no estaba seguro de qué clase de relación teníamos entonces.
Obviamente para él, yo era su mejor amigo. Vivíamos juntos todo el tiempo, yo siempre lo visitaba, él siempre quería que lo acompañe a todas partes, nos sentábamos juntos en el almuerzo y pasábamos juntos los recreos. Sólo él y yo, era todo perfecto. De no ser porque a veces, cierto amigo en común se colaba en medio y se transformaba en la manzana de la discordia.
Y en ese momento, yo era demasiado inseguro de mí mismo.
Minho era todo un deportista, tenía una sonrisa hermosa y todo el mundo era su amigo. Era casi todo lo contrario de mi persona, y lo veía como una competencia directa con Kibum. Recuerdo sentir calor hirviendo en mi estómago cuando las bonitas sonrisas de mi mejor amigo eran dedicadas a él, cuando Minho lo abrazaba y se tomaban fotos, todo entre esos dos me molestaban. Hasta sentía que Bum se la pasaba mejor con él que conmigo, y me enojaba sobre manera.
Me enojaba que él estuviera con otro que no fuera yo, me molestaba sentirme así, pero no podía hacer nada al respecto. Sólo mirarlos, enojarme, y repetirme a mí mismo en silencio que nosotros dos, al fin y al cabo, no éramos nada.
Fue mi primera vez sintiendo celos.
Para ese entonces, había llegado a la conclusión de que me había enamorado de Kibum. Odiaba decirlo y admitirlo, pero era así. No había otro nombre para el enjambre de sensaciones dentro de mí que ese chico desataba con sólo una sonrisa, un roce, o simplemente su risa. Era tan extraño, o al menos me sentía así. Y más al saber que había alimentado aquello por al menos un par de años.
Y porque estaba seguro de todo eso, y estaba cansado y sentirme celoso, había invitado a Kibum a un festival. Sabía lo mucho que le gustaban esas cosas, ver gente disfrazada, subirse a los juegos, todas esas cosas. Y el algodón de dulce.
Como era de esperarse, él la había pasado de maravillas. Había comido un montón de dulces, ganado varios premios y para colmo me había obligado a hacer la fila con él para dibujarse estupideces en la cara. Yo había argumentado que eso era para los niños pequeños, pero él me retrucó diciendo que ya que estábamos ahí, debíamos disfrutar y aprovechar todo. Porque habíamos pagado. Y así, me convenció de dejarme dibujar como un perro. Él era un gato. Irónico.
-¿Está bueno? –pregunté, cuando nos alejamos del evento y nos sentamos en el césped, cercano a un camino. El cielo estaba lleno de estrellas, despejado. Kibum asintió alegremente, con el helado de igual al mío entre sus manos.
-Está rico. Gracias Jjong, por traerme, y por hacer todas estas estupideces conmigo. –rió. –Eres el mejor.
Joder, cómo me gustaba escucharlo decir eso. Sí sólo lo dijera de verdad...
-De nada, sabes que no me molesta. Siempre me la paso muy bien contigo. –contesté, comiendo de mi helado.
-Yo también. Siempre. –apoyó su cabeza en mi hombro, y yo me sentí desfallecer. Me aclaré la garganta.
-¿Más que con Minho?
Él se apartó de golpe, mirándome extrañado, y me maldije en silencio. ¿Qué estaba intentado hacer al dejar caer algo así? Me había cargado un momento que podría haber disfrutado más, en silencio.
-¿Por qué dices eso? –preguntó. Me rasqué la nuca.
-No sé, es que a veces... pareces pasártela mejor con él. –qué clase de respuesta eras esa?! –No sé. Minho es muy divertido.
Más que yo.
-¿Ah? –inclinó la cabeza.
-Es sólo... no me gusta sentirme así. Siempre que estás con él, me siento mal. –murmuré. Levanté la vista. –Y no me gusta. Pero siento como si yo estorbara, como si te la pasaras mejor con él, como si él tuviera toda tu atención y yo sólo estuviera pintado en la pared.
-¿A qué se deben tantas estupideces juntas saliendo de tu boca? –comió más de su helado, sin dejar de mirarme. Suspiré.
-Si lo supiera, no las estaría diciendo.
Hubo un silencio. Pocas veces nos quedábamos callados estando juntos, éramos más como una máquina parlanchina que no paraba un segundo. No había momento en que no tuviéramos tema de conversación. Pero ahora, ninguno de los dos decía nada.
Yo sabía por qué lo decía, pero no estaba seguro de querer contarle. Bien, lo había invitado para eso, pero mi timidez me había acobardado a último segundo. No quería ni verlo a la cara, sentía que me iba a sonrojar estúpidamente como a veces cuando él me decía algo tierno, en el sentido de "Hey, eres mi amigo y me gusta hacerte cumplidos", pero yo lo tomaba como "Te digo esto porque me gustas" porque así lo quería imaginar. Una estupidez tras otra, al fin y al cabo era un adolescente.
-No me gusta que estés con otros chicos. –dije, por fin. –Me gusta cuando sólo somos tú y yo. Como siempre.
-Eso no va a cambiar. –dijo él, con un tono mucho más calmado que la última vez. Casi con tristeza. –Somos mejores amigos desde siempre.
-No sé si quiero eso ya.
¡No podía creer que se me había salido! Lo había pensado de tantas formas, menos aquella. Menos una tan descuidada y poco romántica. Y nunca había llegado a la parte cuando Key me respondía. ¡Me aterraba hasta pensarlo! Estaba colgando de un hilo, y su respuesta podían ser un par de tijeras.
-¿Ya no quieres que seamos amigos? –murmuró.
¡No, joder! ¡Quiero gustarte tanto como me gustas a mí! ¡Que me mires con los ojos con los que yo te veo, Kim Kibum! ¡Amo todo lo que haces y eres, de hecho no sé cómo no te das cuenta!
-No. –hice una pausa, casi eterna. Él se volteó a mirarme, y me sorprendí cuando no leí nada en sus ojos en sus ojos. Sin embargo, continué. –Me gustas.
Tenía que prestar atención a sus reacciones, porque de ellas sabría lo que se venían antes de que algo saliera de su boca.
Sus lindos ojos se abrieron, sorprendidos, al igual que sus labios. Esos hermosos labios acorazonados. Bajó la vista, y sus pupilas miraron el césped. Su mano libre tiraba de las hojas verdes del suelo. Pasaron unos segundos, para que él me volviese a mirar, con enormes lágrimas a punto de salir.
-Jonghyun. –musitó. Su labio temblaba, como aquella vez que lo vi en mi casa por primera vez. –Yo sólo... pensé que... ah, maldición. –soltó el recipiente del helado en el suelo para llevarse las manos a los ojos, sin fijarse si éste se derramaba o no. –Yo... esperé tanto.
Ahora el confundido era yo. ¿Esperando qué? ¿El momento para arruinar la amistad de años? Oh Jonghyun, tan estúpido. Solté el aire de mis pulmones, perdiendo la pizca de esperanza que tontamente había permanecido dentro de mí. Escuché a Key sorber por la nariz, me estremecí.
-Cuando comencé a verte como hombre, me sentí tan extraño. –¿qué? ¿qué estaba diciendo él? –Es que, yo... n-no sé si me siento así con todos los chicos. No veo a Minho así, ni a Xiumin, ni a Nam, sólo a ti y es tan confuso... creí que estaba mal. –volvió a sorber. –Así que lo guardé dentro mío para que no causara problemas. Pero es tan difícil estar cerca de ti y sentirme así al mismo tiempo. Yo... en las películas –continuó, casi quedándose sin aire de lo increíblemente rápido que hablaba. –en las películas cuando alguien se siente así, se confiesa, y se besan. No podía confesarme, soy tan tímido y e-estúpido. Y t-tú me trajiste aquí, y ahora me dices eso, y y-yo no he besado a nadie antes, y tampoco sé si s-sólo juegas conmigo y yo ya dije todo esto y-
Lo callé. Tanta información bloqueaba mi cerebro, y su carita llorosa mis sentidos. Odiaba verlo llorar más que nada en el mundo. Amaba escucharlo, pero ya no quería hacerlo más en ese momento. Sólo quería seguir pegando mis labios a los suyos porque se sentía tan bien.
Era mi primera vez besándolo, y se sentía tan correcto en todos los sentidos. Como si yo siempre hubiera pertenecido allí.
Lo sentía temblar, y seguramente yo también lo hacía. Ni siquiera era un beso como los de la tv, porque nuestros labios estaban pegados quietos, haciendo presión. No nos movíamos un centímetro y casi parecía como si estuviésemos aguantando la respiración bajo el agua.
Y aún así, fue la mejor sensación de mi vida.
-Te quiero. –murmuré, a centímetros de sus labios. Una pequeña risa nerviosa salió de ambos.
-Yo también te quiero. –contestó, y mi corazón se hinchó de amor.
*.*
Nos subimos en el tren, y cuando estuvimos dentro, me desplomé sobre el asiento. Cerré los ojos con fuerza y me los tapé. No quería ser visto. No quería nada.
Sentí su cuerpo, su calor en el momento que se sentó en el asiento contiguo. Estaba muy abrigado y llevaba grandes maletas que subió a los depósitos arriba de nuestras cabezas. Suspiró y no dijo nada, pero podía sentir su mirada.
Ese día, unos cuántos antes de Navidad, había hablado con mis padres. Les conté todo, que ahora que había terminado la pequeña carrera de contaduría iba a dedicarme a la música, y que hacía bastante tiempo que salía con Kibum. Que lo amaba. Que nada de lo dijeran me iba a hacer cambiar de opinión. Había juntado el valor para decirles con ese principio bien fijo en mi mente, pasara lo que pasara, ya estaba todo decidido. Y ellos, me echaron de casa. Fue mitad y mitad, porque yo también quise irme cuando dijeron que deje de ser homosexual, porque no podía controlarlo aunque quisiera, y no quería hacerlo.
Kibum siempre significó todo para mí y no iba a dejarlo.
Subí a mi habitación y puse en las maletas todo lo que pude, lo más importante. Sabía que mi hermana mayor se contactaría conmigo después para saber cómo habían salido las cosas, y ahora no quería que llame. No sabía cómo decirle que ellos habían preferido echarme de casa porque no quería hacer lo que ellos planeaban, y preferían ya no tener que verme. Pero estaba bien así.
Me lo repetía una y otra vez, y de igual forma no podía convencerme.
Terminé en el tren porque Kibum iría a ver a sus abuelos por las fiestas, y decidió llevarme con él. Sabía que no tenía dónde ir, pero yo no le había pedido asilo. Y él de todas maneras, sin preguntar, compró el boleto de viaje para mí y pasó a buscarme para ir juntos a la estación. Era porque Key siempre sabía lo que yo necesitaba.
A pesar de tener diecisiete años y yo diecinueve, se había convertido en el maduro de la relación. Sí, aquel pequeño que chillaba a los trece, era todo un hombre ahora.
Yo apenas había cumplido la mayoría de edad, ¿qué iba a hacer para vivir? No tenía idea. No estaba legalmente independizado de mis padres aún, pero sabía que no me iban a mantener. Sabía a qué escuela de música ir, que gracias a Dios no era paga, pero no cómo iba a mantenerme a partir de entonces. Qué iba a comer, dónde iba a dormir. No quería ser una molestia en la casa de mi hermana casada, pero parecía ser mi única opción. No podía aprovecharme así de mi novio, él había acabado recién el colegio. Tenía tantos sueños, tantas ganas y planes, no iba a arruinárselos por mi mala suerte.
Incluso me sentía mal aceptando el viaje a casa de sus abuelos, cuando eran las fiestas y era algo familiar exclusivamente, a pesar de conocer a los señores y que Kibum me hubiera insistido tanto. Todo se sentía fatal, no podía poner las cosas en orden en mi cabeza.
Y para peor, me sentía traicionado por los que me habían traído al mundo. Sabía lo recto que era mi padre, sabía que odiaría que su hijo fuera gay, siempre lo supe. Pero no podía esconderme más, ya no quería hacerlo, quería llevar a Kibum a comer a mi casa y que se quedara a dormir, que pudiéramos ver películas juntos alguna vez y no siempre en la suya. Poder tomarle la mano en la calle sin miedo de que mis padres hubieran salido del trabajo temprano y nos vieran. Se suponía que tus padres te apoyaban en todo lo que hicieras, te hacían sentir mejor y te consolaban.
Los míos no eran así.
Ellos nunca lo habían sido.
¿Cómo siquiera pensaba que ellos entenderían? Había sido tan estúpido. Perdí mi hogar, a mi hermana, mis recuerdos bonitos esa noche. Porque no podría verlos igual nunca más.
-Jonggie... -murmuró él, abrazándome. Sin darme cuenta, yo estaba llorando como un crío en el tren. –Amor, no llores.
-Es sólo que pensé que sería diferente. –me sequé el rostro bruscamente. –Pero está bien, ellos ya no me quieren ahí.
-Tal vez les tomó por sorpresa, dales algo de tiempo. –su voz era dulce, besando cuando hablaba mi mejilla. –No saques conclusiones ahora.
-Me echaron, Bum. –dije, mirándolo. –¿qué puedo esperar?
-¿Y si intentas convencerlos? –enganchó su índice en el cuello de mi pulóver. –Muéstrales que en verdad eres bueno con la música, que tienes potencial.
-Si hubiera sido por la carrera solamente, no hubiera sido tan malo. –él me miró con algo de confusión. –Pero el saber que estoy contigo fue un detonante.
Sus brazos a mí alrededor se tensaron, y soltó el aire de golpe.
-Lo siento. –dijo, besando lentamente mi mejilla y apartándose. –Quiero que tengas una buena relación con ellos. Cuando volvamos... -se pasó las manos por el cabello. – tal vez la solución sería que nos demos un tiempo para que arregles las cosas.
Lo miré incrédulo.
¿Qué le había dicho? ¿qué había entendido él? No. Yo no lo dejaría por la estupidez de mis padres, no abandonaría lo mejor que tenía por ellos. Kibum era demasiado especial para mí, mi persona favorita, mi mundo. Creía que él lo sabía.
No podía creer que fuese capaz de sacrificar lo nuestro. Estaba enojado, pero sabía que no podía agarrármela con él, porque no tenía la culpa de nada. Lo miré. Sus abultados labios estaban saliendo, su puchero a la vista. Iba a comenzar a llorar.
Lo atrapé en mis brazos sin dudar, tomando su rostro para besarlo. Sentí sus manos tirando de mí, primero intentando apartarme, y luego simplemente sosteniéndome. Lo besé con ganas, quería que se diera cuenta de todo, que ignorara mis anteriores palabras estúpidas.
Yo nunca lo dejaría, por nada del mundo.
-Te amo. –dije, separándome de él jadeando por la falta de aire. Sus labios estaban rojizos. –Y no voy a alejarme de ti.
Él sonrió, acariciando mi rostro con sus manos pálidas y heladas.
-Yo tampoco quiero alejarme, tonto.
Minutos después acabé acostado en el asiento, con mi cabeza sobre su regazo, recibiendo sus dulces caricias. Claro que seguía pensando y estaba aún decaído, era grave la situación. Pero estar bien con él me hacía sentir siempre mejor.
-Todo saldrá bien. –me dijo, jugando con mi cabello oscuro. Él se lo había pintado de rubio, y le quedaba genial. –Pasaremos unas lindas Navidades con mis abuelos. Te va a gustar Daegu. Es muy bonito, pasearemos en la tarde.
Él intentaba distraerme, lo sabía y le agradecía. Pero al mismo tiempo, sabía que no podía concentrarme sólo en lo bonito. Yo estaba en un embrollo y no podía darme el lujo de arrastrar a Kibum conmigo. Él tenía que seguir, no estancarse conmigo, las inscripciones para la universidad a la que él quería asistir serían pronto. Debía rápido en solucionar mi situación si no quería afectarlo.
-Puedes vivir conmigo...
Me quedé de piedra cuando dijo eso. Lo miré, en shock. Él estaba levemente sonrojado, mirando hacia el frente con los ojos perdidos.
-De ninguna manera. –dije, y él me volteó a ver, indignado. –¡No voy a ser una carga para ti!
-No lo serías. –respondió, molesto. –Que estés en casa no quiere decir que no haga nada con mi vida.
Touché.
-Pero no debo. Quiero decir, no es correcto. –me mordí el labio.- Tus padres, ellos no querrán, está mal Key.
-Los convenceré. –dijo, determinado.
-¿Y tu universidad?
-Estudiaré de todas formas. No podrás acaparar por completo toda mi atención, Kim Jonghyun.
-¿Y con qué me vas a mantener? –retruqué. –Lo veas como lo veas, seré una boca más que alimentar. Y a tu madre no le gustará eso.
Se quedó callado por un momento, y creí que había ganado. Pero estaba equivocado.
-Vas a trabajar en la tienda de mi padre. –afirmó, con una sonrisa. –Lo ayudarás los sábados y así pagarás tu estadía.
Jadeé. El rubio tenía una respuesta para todo, estaba dispuesto a ganarme.
De todos modos, sabía que siempre caía por él.
-Te vas a arrepentir. –dije, minutos después, cuando la sonrisa boba no se le quitaba, acurrucándome en su abdomen. Sentí su risa desde su estómago.
-Yo nunca me arrepiento de mis decisiones.
Sonreí, sin saber cómo, cuando minutos atrás me preguntaba qué mierda haría con mi vida y quería sólo matarme. Pero lo cierto era que él siempre tenía ese efecto en mí.
Kibum siempre me hacía sentir mejor.
*.*
Una de las noches que nunca creo olvidar, por más años que pasen, fue aquella que viví con él.
Con mi único y primer amor, con quien había querido toda la vida. Esa noche en la que ambos fuimos uno. Cuando me entregué a él en cuerpo y alma, y él a mí.
Marcando su cuerpo como mío, sintiendo la parte más pura de su persona. Las miles de sensaciones son tan difíciles que poner en palabras, de explicar a pasar de tenerlas las frescas en mi corazón y mi piel.
-Abrázame, Jjong. –susurró, enredando sus brazos en mi cuello con fuerza. Toda su piel ardía, y a la vez se sentía tan suave, tan perfecta.
Tenía tanto miedo de lastimarlo, me sentía tan torpe, tan brusco. Casi no quería que mis manos ásperas por las cuerdas lo tocaran, que rozaran esa pálida piel de porcelana que se había vuelto mi locura. Sentía que iba a perder los estribos y quería controlarme todo lo que pudiera. No quería cegarme con mi placer, y lastimarlo... Dios, estaba tan asustado.
Nunca había hecho algo así con nadie, y él tampoco.
Otra primera vez juntos.
Sus ojos, sus manos, sus labios. Me estaba matando, me cautivaba cada vez más a medida que la ropa iba desapareciendo y en su lugar sólo había piel. Él era una maravilla por donde lo mirase. No había forma de no enamorarse de ese cuerpo, de no querer besar y acariciar cada centímetro.
-No... me avergüenzas, p-por favor. –pidió, tapándose el rostro con ambas manos.
Él no quería verme mientras lo besaba, pero lo sentía. Y yo también, y era una de las sensaciones más hermosas. Mis labios cosquilleaban cada vez que tocaba una nueva zona de piel, mientras sentía como él a la vez también reaccionaba. No podía evitarlo, su desnudez era tan agradable, y tan mía en ese instante.
-Eres precioso, Bum. –susurré, cerrando mis labios en su cadera.
Cada toque parecía ser un paso más al cielo, parecía ser eterno y justo así era perfecto. Sólo nosotros dos, subiendo al cielo juntos, borrachos de amor sosteniéndonos el uno al otro.
Porque así debía ser, uno con el otro, siempre.
Las caricias y los sonidos que se efectuaban esa noche eran la muestra viva del amor que nos teníamos, que era enorme y sin un aparente fin. No había otra razón que justificase la suavidad con la que Kibum me tocaba por todas partes, cómo besaba mi cuello como si la vida le llevara en ello, o la manera en la que me sentía dentro suyo, cómo lo sostenía sin demasiada fuerza. Todo entre nosotros era placentero, hasta un mínimo roce.
En esa oportunidad verdaderamente supe por qué decían que era la máxima muestra de amor. Kibum me estaba entregando todo de él, y mientras yo lo tomaba, le daba todo de mí. ¿Sería así siempre? No sabía. Era mi primera vez amándolo, pero estaba seguro que querer más. De hecho, parecía que ninguno de los dos estaba conforme esa noche, pidiendo y dando cada vez más.
-Te amo. –repetía, respirando con fuerza, retirándome y adentrándome en él una y otra vez. Sus pupilas estaban dilatadas. –Te amo tanto, bebé.
-Yo también... t-también te amo. –una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, pequeñas gotas de sudor descendían por él.
Y a medida que pasaban los minutos, parecíamos consumirnos más en el placer, yendo cada vez más rápido. Sus gemidos dulces eran hermosos para mí, nunca me había sentido tan conforme conmigo mismo hasta que lo escuché disfrutar por causa mía. Nunca me había sentido tan completo, cuando hice llegar al verdadero cielo a la persona que más amaba en mi vida.
Él estaba tan lindo, tan dulce conmigo. Sus besos eran néctar delicioso que me hacía desfallecer, sus marcas en mi piel eran el recordatorio que no se trataba de meramente un bello sueño.
Así que ese era el significado de "hacer el amor". Nunca hubiera pensado hasta esa noche que sería algo tan literal y la vez con tantos significados ocultos. O al menos así me sentía al hacerlo con él. O al menos así lo decía Key mientras besaba mi rostro.
Al contrario de lo que me hubieran dicho algunas personas, no era algo sólo físico. Algo se sentía diferente en mi corazón, en mi alma. Y estaba aún más enamorado de mi novio, para rematar.
La sensación de liberación fue el detonante que me hizo ver estrellas, que me hizo sentir tan bien, mientras Kibum acariciaba mi mejilla sin dejar de verme, respirando ansioso. Ciertamente me sentí avergonzado cuando presenció aquello, pero la realidad era que ya no había nada que él no conociera de mí. Y nada que no conociera de él.
Estaba desnudo ante Key de todas las maneras posibles.
Y así nos dormimos esa noche, sin dejar de murmurarnos mutuamente palabras de amor, acurrucados juntos en la cama mullida y cálida que nos albergaría toda la noche.
*.*
No sabía por qué él me estaba gritando. Pero no paraba de hacerlo, mientras daba vueltas en la habitación sin parar. La cabellera ahora castaña se sacudía mientras vociferaba, sus zapatos sonando en el suelo de madera de nuestro departamento.
-Dime quién es ella.
Lo miré incrédulo, alterné entre la pantalla del móvil que me ensañaba, y volvía a mirarlo. Jadeé, casi indignado.
-Kibum, es sólo una alumna de la empresa.
-A ella le gustas.
-Me da igual si lo hace o no.
-¡Entonces lo admites! –exclamó, y me llevé una mano a la frente. –¡No me trates como si estuviera loco, porque no lo estoy!
-No dije que lo estuvieras. –respondí. Él bufó molesto y continuó caminando en círculos. –Vas a hacer un hoyo en el suelo si sigues.
-¡¿Importa?! –su rostro estaba tomando más color. –Mi prometido está con otra, creo que estoy en mi derecho de hacer lo que quiera.
Me quedé atónito, mientras él arrojaba el celular a la cama.
-Ella llamó, Jonghyun. –dijo. –Ella llamó a tu celular personal, no al de la empresa. Dime por qué.
Realmente no sabía qué responder, no sabía ni siquiera por qué tenía el número. Yo me había ido a bañar y simplemente al parecer había sonado, Kibum salió casi al mismo tiempo que yo, pero cuando estuve afuera ya estaba vestido y notablemente molesto.
Al parecer, nada se le pasaba.
Estaba trabajando en una empresa de entretenimiento y daba clases de canto a los principiantes, en eso se basaba mi trabajo, eran varias horas pero estaba bien. El sueldo había ayudado mucho a costear el departamento en el que ambos vivíamos, y también el anillo en el dedo de Kibum. Estábamos comprometidos desde hacía unos meses, cuando él se había graduado, fue su regalo.
Pocas veces lo había visto tan molesto, y la verdad inspiraba hasta temor. Podía tener un rostro muy dulce, pero su aura realmente se hacía sentir el verdadero peligro que representaba incordiarlo.
Y yo, al parecer, lo había hecho.
-¡¿Y bien?!
-¡No sé, Bum! Tal vez sólo lo pidió a los supervisores, ellos tienen todos los datos.
-¡No me trago esa, Jonghyun!
Lo observé. Comenzaba a molestarme.
-Tú estabas con ese Nam el otro día, y yo no te dije nada. Nunca te reclamo nada, por más enojado que esté, Kibum.
-¡Nam es un amigo de hace años, lo sabes! –dijo, poniendo sus manos en sus caderas. Bufé.
-¡Justamente por eso sé que hace años que te trae ganas!
Él me miró confuso. Por un momento, pareció calmarse, y se sentó en la cama. Lo miré igual de molesto.
-¿En serio? –dijo bajito, mirando a la nada. Puse los ojos en blanco.
-Sí, y todos los saben, menos tú. Se leía con la cara que puso cuando dijimos que estábamos comprometidos. –suspiré. –parecía que quería matarme.
Nos quedamos en silencio por unos minutos, yo recordando la estúpida cara de ese tipo cuando miraba a mi novio, y él pensando en quién sabe qué. Pensé que planeaba cómo arrancarme los ojos con cucharas al ver que no sabía nada de la chica esa, hasta que tiró suavemente de la manga de mi camisa. Volteé a verlo. Él suspiró.
-Ya, lo siento. –se disculpó. –Yo... joder, llevamos tanto tiempo juntos y me porto así. Perdona, Jonghyun.
Asentí sin decir nada, lo perdonaba, pero recordar a Nam me había puesto de malas y no le quería decir. Le acaricié un lado del cuello, él inclinó la cabeza hacia mi mano.
-Es que también es justamente por eso. Llevamos tanto tiempo, que temo que te aburras de mí.
Reí sin poder evitarlo.
Yo nunca podría cansarme de él.
-Kibum, hemos pasado tanto, que si me hubiera cansado, te juro que te lo hubiera dicho.
*.*
Recordar todo eso me hizo despertar de buen humor.
Y ahí está él, mirándome con esos bellos ojos de gatito en la oscuridad, frente a mí en la cama.
-Hola. –dije, abriendo los ojos. Él sonrió.
-Hola. –me contestó, acurrucándose en la cama. –¿Dormiste bien?
-Soñé contigo. Así que sí. –golpeé su frente con un dedo.
-Soñaste con los angelitos literalmente, ¿eh? –siempre tan creído.
-Cállate.
Me sonrió una última vez antes de sentarse en la cama y comenzar a vestirse entre bostezos, estirándose para ponerse el suéter y los jeans. Me quedé acurrucado entre la ropa de cama, cerrando los ojos y pegando la cabeza en la almohada, con ganas de seguir durmiendo. La ventana de la habitación mostraba un paisaje blanco e imperturbable, los techos de los coches y los edificios estaban cubiertos de nieve. Podía escuchar levemente el sonido de los niños jugando en el patio de abajo, los hijos de la señora Park. Puse la colcha más gorda encima de mi cabeza, cubriéndome de sólo imaginar qué tan helado estaba afuera.
Hasta que alguien tiró de todas las sábanas, y me dejó desprotegido, expuesto al invierno con sólo una camiseta de tirantes y los bóxers.
-Jjong, arriba. -dijo Kibum. Abrí los ojos con molestia, y lo vi frente al espejo, poniéndose loción facial. -Prometiste que me llevarías a hacer las compras.
Mierda, era verdad. Intenté fingir que seguía durmiendo, pero el par de jeans negros y el buzo que fueron arrojados sobre mi no me lo permitieron.
Me apoyé en el carrito y suspiré con fuerza y exageradamente, para hacerle notar mi pereza. Pero mi pareja ni se inmutó, mientras tachaba algo más de la lista escrita en su celular, que me parecía interminable. Cada vez que se movía, los cascabeles puestos a cada lado de los cuernos de reno en la diadema que llevaba sonaban, igual que el que colgaba de mi gorro de Santa. Nos los pusieron cuando entramos al súper. Estaba plagado de luces de colores y un enorme árbol de navidad en el centro, con letreros de descuento adornándolo. Muy festivo todo.
El carrito estaba a la mitad y todavía nos faltaba un montón. Hacía calor dentro del súper y me quería quedar en casa a seguir durmiendo. Me asombraba lo despierto que estaba Key. Volvió a arrastrarme junto con el carrito hasta la sección de carnes y abrió el freezer más pequeño, sacando de él varios paquetes.
-¿Me recuerdas por qué accedí a esto? -bufé, acomodando las cosas que me pasaba.
-Porque las Navidades pasadas las pasamos con Tae y nos tocaba invitarlo a él. Y es más amigo tuyo que mío. -lo miré sin convencerme. -Y me prometiste ayudarme en todo cuando estabas borracho.
Ah, eso tenía más sentido.
Cuando al fin salimos, yo arrastré una enorme y pesada bolsa con las carnes, mientras mi novio iba contento con las más pequeñas. Lo miré con recelo mientras abría el maletero del coche y metíamos todo dentro. Él se encogió de hombros y rió, mientras se encaminaba a abrir la puerta del acompañante y acomodarse en el asiento.
El camino estaba lleno de nieve y gente yendo de un lado para el otro. Llenos de paquetes y luces, olía a comida y obras benéficas. La Navidad nunca había sido mi época favorita, pero... pero a Bum le gustaba.
Y me gustaba pasarla con él.
Pasó toda la tarde cocinando, y por ende, yo también. Ambos hicimos una cena enorme y pusimos el pequeño apartamento muy navideño, hasta nuestros tres perros estaban arreglados para la ocasión, correteando por ahí entre nuestros pies mientras íbamos y veníamos de la cocina. Olía fuerte a especias cuando finalmente terminamos y la mesa quedó servida en espera de los invitados. Me eché en el sillón, agotado. Podía entender por qué estas fechas eran temporada alta de picos de estrés y ansiedad.
-Gracias. -dijo Bum, con una copa en la diestra, acariciándome el pelo antes de sentarse a mi lado en el sillón. Puse la cabeza en su regazo. -Muchas gracias por ayudarme con todo.
-De nada. Al fin y al cabo, sabes que lo hago por ti. -murmuré lo último, ganándome un beso en la nariz. Él jugaba con los mechones oscuros de mi cabello.
-Sólo falta arreglarnos nosotros y ya. -asentí, sentándome y yendo detrás de él a nuestra habitación.
Dos trajes simples y casi a juego, que Kibum había elegido, era lo que nos pusimos para noche buena. No se cansaba de decirme lo bien que me veía con traje, que casi compensaba la falta de altura, siempre burlándose el cabrón. A él todo le quedaba bien, así que no podía decir algo diferente a lo que siempre oía. Nos detuvimos casi en la puerta, contra el armario, cuando mi novio se detuvo a atar mi corbata, murmurando "siempre lo haces chueco". Yo me reía por lo bajo.
-No sé por qué te esfuerzas tanto en ajustarlo, si luego de comer va a terminar en la alfombra. -dije, llevando las manos a su cintura. Se revolvió, mirándome severamente.
-Jonghyun, no son ni las once, debes estar presentable. -yo sólo seguí acariciándolo, subiendo y bajando mis manos por sus costados. Se estremeció de repente, tomándome las muñecas. -Ya, Jong...
-¿Qué? -parecía que estaba a punto de golpearme, pero le robé un beso, riéndome como un crío. -Vamos, sólo una vez. Antes de que lleguen todos vamos a terminar.
-No, Jonghyun. Es Navidad, es una fecha pura. -murmuró. -Después.
-Pero Bum... -sabía que con insistir sólo un poco iba a ganar, lo veía en sus ojos brillantes y cómo empezaba a mordisquearse los labios. Su agarre empezó a perder fuerza, y cuando comencé a besarlo más...
-¡Feliz Navidad, hohoho! -maldito sea el día en que le dimos copias de llaves a Minho.
Era increíble que todos fuéramos amigos ahora. Minho, Taemin, Kibum, hasta Nam Woohyun estba en la mesa comiendo con nosotros para cuando fueron las doce. Desde que viviámos juntos, las fiestas comenzaron a ser verdaderamente fiestas para mí. Me la pasaba bien, comía comida deliciosa y compartía con quienes de verdad me importaban. Mi hermana con su hijo pequeño frente a mí, me lo recordaban, sentados en la mesa.
Mi vida había cambiado, estuvo en constante cambio desde el día en que Kim Kibum decidió llegar a mi vida. Desde el día que decidimos estar juntos para siempre, y todo se sentía mejor. A pesar de las peleas tontas, de las discusiones, de los celos, de los silencios incómodos cuando poníamos nuestro orgullo primero. Nosotros estábamos juntos, a pesar de todo.
Y así era, y sería siempre. Porque teníamos tantas historias sin contar y tantas por aún vivir, que tal vez nos llevaría toda la vida, o tal vez un poco más. Sólo nosotros dos, como debía ser. Llenos de primeras veces constantes y cambios, de nuevas experiencias y más.
-Feliz Navidad, Jjong. -murmuró sobre mis labios, cuando todos estaban fuera mirando las luces en el cielo, los fuegos artificiales, riendo y gritando. El aire estaba cargado de agradable ambiente familiar, y me encantaba. Todo me encantaba, a pesar de ser algo amargado al respecto.
Tal vez era porque Kibum me encantaba.
-Feliz Navidad, Bumie.
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